La autoexigencia no te está haciendo mejor. Te está dejando sin ti

Hay muchas mujeres que viven con la sensación de que nunca llegan del todo. Da igual cuánto hagan, cuánto se esfuercen o cuántas cosas consigan sostener. Siempre parece quedar algo pendiente, algo mejorable, algo que no estuvo a la altura de lo que esperaban de sí mismas. Y así, casi sin darse cuenta, convierten la vida en una carrera silenciosa por cumplir, responder, cuidar, rendir y hacerlo todo bien.

La autoexigencia femenina no nace de la nada.

Tiene mucho que ver con los lugares en los que muchas hemos aprendido a colocarnos durante años: siendo responsables, estando disponibles, no fallando, no molestando, llegando a todo. A muchas mujeres se nos ha enseñado, de una forma u otra, que nuestro valor dependía de cuánto éramos capaces de sostener sin quejarnos y de lo bien que respondíamos a las expectativas de los demás.

El problema es que vivir así desgasta profundamente. Porque cuando la exigencia se convierte en la voz principal de tu vida, nada termina de sentirse suficiente. Ni siquiera los logros. Siempre hay una nueva meta, una nueva comparación o una nueva razón para pensar que tendrías que poder con más. Y eso no solo cansa. También va erosionando la forma en la que te miras a ti misma.

Frente a eso, la autocompasión puede sonar, al principio, como algo blando o incluso incómodo. Pero no tiene nada que ver con la resignación ni con la autocomplacencia. La autocompasión es aprender a estar contigo sin maltratarte. Es reconocer que puedes equivocarte, cansarte, necesitar descanso o apoyo, sin convertir eso en una prueba de que vales menos. Es empezar a tratarte con la misma humanidad con la que tratarías a una amiga a la que quieres.

Las fortalezas pueden ser un apoyo muy valioso.

Porque no siempre basta con decirte que seas más amable contigo. A veces necesitas descubrir con qué recursos cuentas ya para empezar a hacerlo de verdad. El coaching de fortalezas te ayuda precisamente a eso: a reconocer qué hay en ti, más allá de la exigencia, que puede sostenerte de una manera más sana y más consciente.

Quizá necesites apoyarte en la perspectiva para relativizar esa voz interna que exagera cada error y minimiza cada avance. Quizá en la honestidad para reconocer que estás cansada y que seguir apretando no siempre es la respuesta. Quizá en la valentía para bajar el ritmo sin sentir que estás fallando. Quizá en la bondad para empezar a dirigirte a ti misma con la misma calidez que ofreces a otras personas. O quizá en la perseverancia, pero no para exigirte más, sino para sostener nuevas formas de cuidado y respeto hacia ti.

La autoexigencia no se transforma desde el castigo.

Se transforma cuando empiezas a mirarte con más verdad, más conciencia y más compasión. Cuando dejas de convertir cada error en una sentencia y empiezas a reconocer que también eres todos los recursos, aprendizajes y fortalezas que has ido construyendo a lo largo de tu vida.

Y si sientes que esa exigencia te pesa demasiado, yo puedo acompañarte. A través del coaching de fortalezas te ayudo a identificar tus recursos, a comprender mejor qué hay detrás de esa dureza contigo misma y a construir una relación contigo más amable, más consciente y más alineada con la mujer que eres hoy.

Porque tratarte mejor no te quita fuerza. Muchas veces, te la devuelve.

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