Hay un punto del camino —sobre todo cuando la perimenopausia empieza a mover capas que llevaban años silenciosas— en el que entiendes que anteponer tus necesidades no es un acto de egoísmo, sino de honestidad contigo.
Durante décadas has vivido desde una disponibilidad casi automática, respondiendo a expectativas que nunca escribiste tú, sosteniendo ritmos que tu cuerpo ahora ya no acompaña con la misma docilidad. Y sin embargo, cuando por fin te preguntas qué necesitas tú —no tu familia, no tu trabajo, no la versión de ti que aprendió a ser imprescindible— aparece la culpa, como un eco antiguo que dice que elegirte está mal. Esa culpa no es real: es cultural, heredada, aprendida. Porque elegirte no es dejar de amar; es empezar a tratarte con el respeto que siempre diste hacia afuera. No le quitas nada a nadie, simplemente dejas de quitarte a ti misma.

Y aquí es donde empieza la verdadera transición de esta etapa: el momento en el que escuchas el cansancio de tu cuerpo sin juzgarlo, el susurro de tu ánimo pidiendo espacio, el deseo de silencio que antes ignorabas. Elegirte se vuelve un gesto simple y a la vez transformador: decir “hoy descanso”, “ahora no puedo”, “esto no me hace bien”, sin excusas ni listas interminables de justificaciones.
Cuando paras tu energía regresa
Porque cuando te escuchas, tu energía cambia, tu claridad regresa, y la vida deja de sentirse como una carrera compulsiva para convertirse en un ritmo que te sostiene. Lo curioso es que, al priorizarte, tus relaciones no se rompen: se ordenan. Empiezas a dar desde un lugar más íntegro, más presente, más verdadero. Y todo lo que estaba revuelto por dentro empieza a sedimentar.
En el fondo, esto es lo que marca la diferencia en esta etapa vital: comprender que no estás cerrando solo un ciclo biológico, sino una forma de vivir. Ya no creas hacia afuera; ahora te creas a ti.
Tu cuerpo, con todos sus cambios, no te frena: te invita. Te pide que vuelvas a ti con una mirada nueva, más consciente, más serena y más tuya que nunca. Elegirte no te separa del mundo: te devuelve al centro del tuyo. Y a partir de ahí —desde esa claridad tranquila que nace de escucharte— todo empieza, por fin, a encajar.
Ponerte primero no te hace egoísta:
te hace presente.
te hace lúcida.
te hace libre.
Y sí, esto es exactamente lo que trabajas en “Surfea tu vida”:
volver a ti, sin culpa, sin exigencia y sin ruido.
